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Natalia Ginzburg en blog Eva Muñoz

Hay un generoso proverbio, yogui, creo, que dice que no importa cuántas veces te pierdas, lo importante son las veces que eres capaz de regresar.

El aire, fresco, parece tan leve, hoy.

El mar de un azul lechoso, algo turbio, en la orilla y color turquesa después, un milagro doméstico, en la Barceloneta. Me veía el cuerpo bajo el agua, que se movía como en un latido inmenso. Las cosas ocupando su lugar. La gravedad sólo en la tierra.

La otra tarde sobre la bicicleta, camino al cine. También el tiempo era grato, y leve, y todo lo demás afirmado.

Amo ir sola al cine. La primera vez que fui sola al cine tenía dieciocho años. Fue al cine Capsa. No recuerdo el título de la película, aunque sí que era francesa y que había una relación entre un adolescente, el protagonista, y una mujer madura (¿quizá su profesora?) en los años cincuenta, ¿quizá en alguna excolonia? La película, de la que recuerdo sobre todo la luz, me gustó. La experiencia de acudir sola al cine me pareció fascinante. Nunca he abandonado esa afición, que jamás me ha traicionado ni me ha decepcionado. He compartido maravillosas sesiones de cine con algunas amigas o amigos, con amantes, con parejas… Recuerdo estallar en carcajadas de forma totalmente extemporánea al inicio de un drama, con E. Por supuesto, he olvidado el motivo. Quizá por el drama. Recuerdo en especial desternillarnos de risa con una película reciente, también francesa, también un mes de agosto, una película extraña, entre la astracanada y el drama, y ser las únicas que nos reíamos en la sala, exageradamente, sin poder parar, como si tuviéramos la edad de los protagonistas adolescentes de la película… Uno nunca se ríe así en solitario, es cierto… Recuerdo, cómo no, la felicidad de compartir películas con mi hijo y conservo, sé que conservamos, sesiones memorables, como la mañana en que descubrimos juntos, este invierno pasado, Eduardo Manostijeras, o modestas pero inolvidables sesiones domésticas, como aquella en la que vimos El viaje de Chihiro o Los niños lobo… Y por supuesto descubrir que le gusta Cantando bajo La lluvia, Chaplin, Keaton… Sí, la noche en que me tumbó -¡qué felicidad, él resistió, yo no!- viendo El maquinista de la general

Pero vuelvo a esa otra tarde sola, sobre la bicicleta. La extraordinaria sensación de libertad de la tarde disponible. Ir con tiempo, mejor; entrar sola en un bar, tomar una cerveza, mirar. Mirar. Ocupar sola la butaca, acomodarme como si estuviera en los brazos de un amante siempre fiel, acogedor y disponible, mirar de soslayo o con descaro al resto de los ocupantes de la sala o no mirar a nada ni a nadie en absoluto, simplemente esperar a que se haga la oscuridad en torno, a esa seguridad a un tiempo fetal y festiva, al festival de luz y sonido estallando frente a ti, atrapándote, llevándote lejos, sorprendentemente tan lejos y tan cerca de ti al mismo tiempo… Porque sí, he vivido momentos de rara comunión, de milagrosa comunión leyendo y en interiores de museos, en estaciones de tren o en aeropuertos, en playas, campos, ciudades, ante la contemplación de obras de arte o inmersa en la vida… Recuerdo leer, ¡enferma!, La montaña mágica, no hace tantos veranos, y tantos otros libros… La otra tarde, un poema de Ferrater, en un bar… Pero la lectura es una amante mucho más exigente, debe hallarnos en una disposición de ánimo que uno no siempre tiene… El cine es el único que es capaz de hacerse cargo de mi dispersión, de mi disgregación, a veces, de mis caídas en agujeros más o menos profundos. Por supuesto, cuando llego a casa, leo, además de ver películas, y me salvo un poco más, o me voy de viaje y siempre vuelvo con las manos llenas… El otro día, releí este texto, a propósito de agujeros. Es un texto de la Ginzburg, una de mis escritoras favoritas, maravillosa, tan personal e inconfundible. Se llama A propósito de las mujeres y habla de agujeros, de esos agujeros en los que caemos nosotras. Sí, nosotras. No ellos. Un día, queridas, todas las que me leáis por aquí o fuera de aquí, a las que yo leo, tenemos que hablar de este texto, y de esos agujeros. Porque yo no sé exactamente qué cosas importantes tenemos que hacer, pero la vida, esta de ahora, este escrito, es importante. Sin duda.

Entra una hermosa luz a través de las puertas abiertas de mi balcón. Luz de sol que atraviesa nubes oscuras. Son las nueve de la mañana. Viernes.

La otra tarde, por cierto, en la sala oscura me esperaba Estiu 1993, de Carla Simón. Maravillosa película, maravillosa protagonista de la estirpe de la niña Ana Torrent, perfecta sensibilidad para capturar la complicidad infantil, la morosidad del verano… y ese estallido final.